Esther Díaz: “No siento en mí toda la libertad que muchos dicen que tengo”

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La filósofa de culto presenta su libro de memorias. Los abusos sufridos, el renacimiento sexual después de los 50, la culpa y el dolor por los que ya no están.

Esther Díaz junto a Daniel Lesteime en la Feria del Libro de las Pasiones en Goya, Corrientes. 2019./ Foto: Javier Gamboa

“Me llamo Poroto Garbanzo”. Esther Araceli Díaz tiene cuatro años, no le gusta su nombre y desafía a sus padres con su primera actitud punk. Hoy, cerca de los 80 años, conserva la rebeldía pero en sus arrugas se deslizan dolores y sufrires demoledores: en los últimos cinco años murieron sus dos hijos. Es una sobreviviente de piel dura: nunca se adormece y no le teme a ninguna palabra. En pocos días se conocerá su autobiografía: Filósofa punk (Ariel), una obra que continúa el filme Mujer nómade (Martín Farina). En ambas creaciones aparece la filósofa desnuda que habla de abusos, violencia, muertes y de su vitalidad sexual a partir de los 50. Poco antes de ir nuevamente al quirófano para estirar los surcos de su piel, Esther recorre su intimidad. “¿Por qué es más digno envejecer con arrugas?”, arranca apasionada.

–Fuiste abusada de niña y de adolescente. ¿Esos recuerdos te acompañaron siempre o estallaron en algún momento en particular de tu vida?

–A ver… como dice Rita Segato: ante el agresor, la criatura o la mujer queda como hipnotizada. La primera vez me tocaron en el cine, fue horrible, era una sensación espantosa, pero no me atreví a contarlo porque uno se siente culpable, por más que haya tenido cinco años entonces. Y después cuando desde los 13 a los 17 me abusó sistemáticamente el hermano de mi profesora de piano, yo me daba cuenta que me estaba abusando aunque no podía decirlo así. Fue una culpa tremenda que llevé hasta mis 40 o 50 años, cuando empecé a vivir de nuevo.

Fotograma de Mujer nómade, documental sobre Esther Díaz.

–¿A los 50 recomenzaste a vivir?

–Sí, me desperté a la vida plena. Al revés de los demás. Estuve tan reprimida por la religión, mi familia, el entorno en el que me construí. Cualquiera que vea mi película o lea el libro, dice “bueno, que mina libre”. Pero vos sabés, Héctor, que dentro de mí no me siento libre, porque hay culpas que persisten. Culpas que no son tales, porque si fuiste abusada no tenés culpa. Pero la sentí muchísimos años.

En su biblioteca.–¿Cuándo sentiste que podías asumir tus pasiones con total libertad: sexo, drogas, alcohol, los placeres?

–No los viví como libertad sino como reviente. Yo estaba desesperada, mal, sola frente a mis hijos. La frontera de los 50 también tiene que ver con el retiro de la menstruación, esa carga tremenda de poder quedar embarazada, ahí empezó mi renacimiento. Tuve un intento de suicidio que para mí fue como epifanía de la vida. Hay cosas para vivir, para disfrutar a pesar de enterarte cosas como que mi mamá había andado con mi marido. Ella tiene 102 años, la mantengo, doy la mitad de mi sueldo para que la cuiden, me da culpa y fui yo la perjudicada. Así que ya te digo. Toda esa libertad que la gente ve en mí para afuera, yo no la siento tan así, para adentro.

–Hablás de tu vida sexual, de tus orgasmos sin eufemismos. ¿Te criticaron, te elogiaron por ser abierta?

–Me elogian. Es maravilloso. Crítica nada. La gente me empezó a respetar mucho más cuando yo empecé a hablar de mi sexualidad. En una función de mi película se me acercó una chica venezolana y me dijo: “Esther, yo me iba a suicidar esta noche. Pero después de verte a vos y de ver cómo lo superaste, y como estás ahora, me dije lo mío es una banalidad”. Después me escribió una amiga de ella: “Esta chica fue violada violentamente en su país, vino a la Argentina y hace dos días fue violada acá…” Recibo cartas, mails de mujeres que me dicen que les gusta o que andan con un hombre más joven, y que no se atreven a decirlo socialmente. Quise tener y tuve hombres jóvenes, fui promiscua y un buen día, a los 50, descubrí que podía ser multiorgásmica, algo que creía una utopía…

–¿En qué plano ubicás los celos?

–Los celos son una pasión. Y la pasión no la podemos manejar. Mi editora me dijo: “Hay una contradicción acá:vos no tenés ningún tipo de prejuicio, sexual ni social. ¿Cómo puede ser que el libro esté atravesado por los celos?” Yo tenía que demostrarle que es una contradicción humana. Spinoza llega a la conclusión, racionalista como es, que la razón no tiene poder sobre las pasiones. Y los celos son una pasión.

–¿Te resulta difícil ser mujer? Has dicho que deseaste ser hombre.

–Hoy te podés convertir, ser trans. Siempre hubo transformismo, pero ahora está socialmente aceptado y la ciencia ayuda. Si yo me hubiera hecho hombre, hubiera sido un homosexual, porque a mí siempre me gustaron los varones. Fui consciente desde muy chiquitita, del inconveniente que significa ser mujer en una sociedad así. A los cinco o seis años, quería estudiar bandoneón, y mis padres me decían que ese instrumento no era para mujeres. Quería tener amiguitos varones: y no, la mujer no se junta con los varones.

Con sus hijos de 3 y 5 años, en 1966. / Esther Díaz
Con sus hijos de 3 y 5 años, en 1966. / Esther Díaz

–¿Y qué queda del misterio del sexo, para vos?

–El misterio sigue quedando, porque nunca vas a saber por qué de una persona te llama la atención una parte del cuerpo, o de su modo de ser, y no toda. O por qué estás súper enamorado de tu pareja, sea quien fuere, y te puede gustar otra persona. Porque, o sea, esos misterios permanecen. El tema es que en la práctica he podido vencer lo que nos está prohibido a las mujeres. En esta sociedad, ser mujer significa estar para la cachetada, tanto en la calle como en la casa. Así que por eso no quería ser mujer.

–¿Qué opinás de batallas como las que da el lenguaje inclusivo?

–Es atacar los efectos y no las causas porque el lenguaje masculino no es una causa del machismo, es un efecto. Hay que atacar los dispositivos de poder que hacen que el macho sea poderoso. Si el poder lo tuviéramos las mujeres, o estuviera repartido, sería totalmente irrelevante cómo hablamos. El lenguaje es un efecto de las prácticas, vendrá por añadidura, si tenemos el poder.

Esther Díaz ante un clase masiva en el Ciclo Básico de la UBA.
Esther Díaz ante un clase masiva en el Ciclo Básico de la UBA.

–¿Por qué le dijiste a tu hija Fabiana cuando estaba enferma: “Sé que no fui una buena madre”.

–Lo sigo pensando. Con los valores machistas no fui una buena madre. Incluso, la contratapa del libro dice “una mala madre, una mala esposa”. Para los valores machistas yo no fui una buena madre, porque no me dediqué full time a mis hijos:yo no dejé de hacer mi vida, por más que yo me hice cargo –porque el padre se borró– yo los banqué hasta que se independizaron, con mi hija prácticamente hasta el final, ella murió a los 50 y mi hijo a los 55. Pero si el papel de la madre es dedicar su vida a los hijos, yo no lo hice.

–¿Qué se hace con el duelo por dos hijos muertos, es para siempre, estás sobreviviendo?

–El duelo por los hijos es una cosa inefable. La muerte de un hijo es irrepresentable, Héctor. ¿Qué quiere decir? ¿Que me la paso llorando todo el día? No. Pero a veces estoy en una reunión, una fiesta, disfrutando de mis reconocimientos intelectuales, y se me aparece el fantasma. El duelo por un hijo es un horizonte de sentido, que aunque no tengas consciente en todo momento, te ataca en cualquier momento. Y esto no quiere decir que no vuelvas a disfrutar. No, son los dos al mismo tiempo. Mi vida desde que mis hijos han muerto, es como una sinfonía tocada en sordina. Como si te pusieras un algodón en el oído. La escuchás pero en un tono muchísimo más bajo. No es que viene después. Es un horizonte de sentido que llevaré hasta la muerte.

Durante una clase magistral en la Escuela Normal de Goya, Corrientes. Imagen de 2015. / Esther Díaz
Durante una clase magistral en la Escuela Normal de Goya, Corrientes. Imagen de 2015. / Esther Díaz

–¿Cómo quedaste física y psíquicamente al terminar esta memoria?

–El sufrimiento no tiene valor en sí mismo aunque no podés dejar de sentirlo. El cristianismo le quiso dar un valor para dominarnos mejor. Y yo sufrí demasiado. Creo que el libro fue una manera de recuperar mi sufrimiento perdido.

Esther Diaz con el filósofo francés Didier Eribon.
Esther Díaz con el filósofo francés Didier Eribon.

–¿Así quisiste esta vida?

–No, mi amor. Yo hubiera querido ir a un colegio bilingüe, al Nacional Buenos Aires, por supuesto hacer la carrera que hice pero con más holgura. Hubiera querido ser una intelectual más fuerte, más sólida de lo que soy. Me pregunto: si yo hubiera tenido esa vida de señorita de colegio bilingüe ¿podría tener la vitalidad que tengo ahora? Yo veo a mis compañeros académicos, que realmente son medio momias… Yo no pensaba tener hijos, por ejemplo, lo que pasa es que fue el mandato, y finalmente los tuve. Y por todo ese sufrimiento que me dieron los hijos, ser una mujer golpeada, yo creo que pude hacer un libro tan lleno de vida, a pesar del dolor. Porque en la vida hay dolor. Con mis libros, la película, he logrado el reconocimiento del otro, el cariño que me brindan ex alumnos, lectores cuando voy por la calle. No sé si lo hubiera tenido de haber sido una intelectual muy académica. Porque, ¿qué es la vida Héctor, si no la búsqueda del reconocimiento del otro…?

Perfil

Ituzaingó, Buenos Aires, 1939. Estudió filosofía en la UBA donde se doctoró. Dirigió la cátedra de Pensamiento Científico en la que cursaban 2000 alumnos y enseñaban 120 docentes durante 20 años. Creó la maestría de Metodología de la Ciencia y Epistemología en la Universidad de Lanús. Dio clases en numerosas universidades del país y Latinoamérica. Escribió 36 libros de filosofía y ficción. Es una de las más fervientes difusoras del pensamiento de Michel Foucault.

Siempre nos invitó a ir por más

Por Daniel Lesteime. Filósofo y doctor en Educación.

Cuando Esther estudiaba filosofía en la Universidad de Buenos Aires, su profesor, Adolfo Carpio -a quien admiraba (tanto que el título de su anteúltimo libro es un homenaje a él)- afirmaba en sus clases que las mujeres que se dedicaban a esa disciplina no llegarían nunca a ser filósofas; a lo sumo, serían buenas profesoras. Lo cierto es que la construcción de Esther como investigadora, como escritora, como intelectual, en fin, como lo que es y lo que representa tanto para quienes fuimos sus alumnos como para el ámbito cultural de Argentina y de los diferentes países donde se la lee, se la estudia o se la convoca para disertar, desmiente sobradamente aquella misógina sentencia.

Deleuze sostiene que los grandes maestros “nos dicen ‘hazlo conmigo’ y en vez de ponernos gestos que reproducir saben emitir signos desplegables en lo heterogéneo”. Y eso es precisamente lo que las clases de Esther generaron en mí -y diría que en cuantos tuvimos la dicha de participar de ellas-: una mezcla de placer y de invitación a ir por más.

Hoy que nos une una entrañable amistad le suelo decir que debajo de su nietzscheana búsqueda de reafirmar la vida hay un kantismo moral que la hace cuidadosa al detalle de todo cuanto emprende, lo cual la pone en situación de afanosa y denodada labor para brindar lo mejor, lo más excelso, así se trate de la escritura de un libro, de la preparación de una conferencia o de su reciente incursión en el mundo del cine como protagonista de un documental sobre su propia vida para dar-se por completo en cada entrega, lo que nos permitió a sus alumnos disfrutar de momentos memorables de descollantes intervenciones que producían la magia necesaria para seguir pensando.

Si algo siempre la caracterizó como docente es su respeto por la construcción de ese espacio de encuentro e intercambio de ideas que se da en el aula.

En lo personal, mi decisión de estudiar filosofía tuvo directa relación con haberme cruzado primero con su escritura. Esther también ahí, cuando escribe, ¡da clase!.

 

 

Esta entrevista fue publicada 23/02/2019 – 

  • Clarín.com

 

 

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