Pudo ser de Boca y fue de River, que apareció en los momentos justos

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Esta bien que River sea el campeón. Y está bien que Boca revise por qué se le fue un partido que tenía controlado. A la hora decisiva, River fue mas eficaz en sus momentos de dominio y a Boca le quedó corta la superioridad como para dar el golpe de nocaut. Lo definieron los jugadores, quedó en un segundo plano eso de la batalla táctica, aunque también existió.

A esa hora de los combates de pizarrón, en la batalla naval, había quedado a flote Guillermo, que decidió ir con tres delanteros que, a medida que transcurría el partido, se fue consolidando en un “todos atrás y Wanchope arriba”. Y había hecho agua Gallardo, que eligió el módulo más habitual en vez de esos cinco defensores con Martinez Quarta al que a veces recurre. Pero el partido no lo definieron las apuestas de los técnicos. Lo definieron los jugadores. Y en los momentos en que había que hacerlo.

La pasión no estará muy preocupada con estas cuestiones. El que gana celebra y el que pierde sufre. Así será siempre. Pero ese es el final del camino de los 90 minutos, en este caso estirado a 120 y, de puro azar, a punto de ir a penales.

Los neutrales, de parabienes. La final estuvo a la altura de las expectativas. Tuvo dramatismo, emoción, polémicas y algunos  lapsos de buen juego con dos estilos diferentes. Mas directo Boca, cuando ganó la zona media. El gol de Benedetto es la prueba. Más elaborado y con cambio de ritmo River, como en el empate de Pratto y el zurdazo de Quintero. El galope solitario de Martínez hacia el ingoal del 3-1 es pura yapa.

Si el fútbol es ingrato, más lo es en estas horas con Nandez, que dejó el alma, puso juego y sostuvo a Boca en sociedad con Barrios hasta que el colombiano se ganó la roja por una falta innecesaria, la tercera que hacía. Y si de ingratitudes se trata, Boca se quedó sin nada después de un primer tiempo en el que fue superior. No pudo hacer la diferencia antes, sobre todo con ese remate de Pérez que tapó Armani a los diez minutos. Y el 1-0 le quedó corto. Porque se metió atrás a cuidar la ventaja y no tuvo más aire, ideas ni jugadores. Había pasado su momento cuando empezó el de River.

Antes del empate de Pratto tras una triangulación estupenda de Palacios y Fernández, Andrada había hecho vista a un remate de Nacho, le había atajado un derechazo a Palacios y cortado un cabezazo al mismo Pratto. Se veía venir el gol. Y vino, nomás.

Estaba crecido River, como más entero de las piernas y de la cabeza. Como sabiendo que tarde o temprano iba a llegar al segundo gol. Boca caía vertical. Se sostenía, pero no inquietaba. Entró Gago por un Pérez extenuado y en el alargue se rompió. Entró Jara por Villa por la expulsión de Barrios. Cuando entró Tevez ya era tarde.

Pasó el penal no cobrado. No pasaba mucho. Y pasó Quintero para sacar provecho de una mala salida de Andrada con los puños. Qué pecado, que problema. Ya no hubo partido, ya no había equivalencias y sin embargo, un nuevo episodio increíble estuvo a punto de producirse con ese tiro de Izquierdoz que dio en el palo derecho de Armani. Si algo le faltaba a esta Superfinal hubiera sido tener que definir desde los 12 pasos.

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