A 10 años del G-20 que juntó a los líderes para salvar el capitalismo financiero

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Vaya paradoja. Hoy Argentina se recupera (o al menos eso trata) de una crisis cambiaria y financiera gatillada por el corte abrupto del chorro de capitales internacionales que habían inflado un bicicleta financiera fenomenal entre 2016 y 2017. Un episodio parecido vivió diez años atrás Corea, en plena crisis de Lehman Brothers. La diferencia entre la volatilidad argentina y aquella coreana fue la evaluación de los líderes del mundo esa vez: para arreglar el descalabro comenzado en Estados Unidos, trasladado luego a Europa y que puso en jaque más tarde a Asia, no bastaba con sellar un préstamo stand by, reunir a 30 economistas del FMI y simulaciones de algún modelo econométrico. Hacía falta poner algo más.

Asia tuvo un rol especial en aquella crisis. Y en el G-20. Primero, sus países respondieron a la recesión con políticas de estímulo en lugar de ajuste. China aprobó un plan de US$ 586.000 millones de inversión y gasto público una semana antes del encuentro en Washington. Segundo, unos meses más tarde (ya en 2009), el primer líder que Obama recibiría en la Casa Blanca sería el Primer Ministro de Japón. Tercero, la crisis de Lehman demostró que aun cuando un país no haya desarrollado un mercado tóxico de hipotecas -como sí lo habían hecho EE.UU. y Europa-, sus sistemas financieros podían estar expuestos igual. Corea, Malasia, Indonesia, China habían sido impactados.

Foto de familia. Jefes de gobierno y de Estado en la foto final de la cumbre del G20 de hace 10 años en Estados Unidos (AFP).

Lo cierto es que en 2008 Seúl tenía reservas por US$ 240.000 millones, su mayoría acumuladas tras las crisis de los noventa. Corea era un hub financiero de Asia y había liberalizado su cuenta capital. El país se tornó tan atractivo para invertir que el won coreano se apreció. ¿Le suena? Los empresarios percibieron que el tipo de cambio era favorable para fondesarse en el exterior, adquirir activos coreanos y repagar los préstamos obteniendo una ganancia suculenta en poco tiempo. En junio de 2008 la deuda de corto plazo en dólares en Corea había aumentado 150% respecto a 2005. Cuando estalló Lehman, la devaluación del won fue tan abrupta que encareció las deudas en dólares 60% en seis meses.

Todo esto (y mucho más) aparece en la obra colosal del historiador económico Adam Tooze sobre la crisis de Lehman que salió este año. Reseñado por Financial Times, The Economist y The New York Times, el libro “Crash” dedica sólo un capítulo al G-20: la respuesta que los líderes dieron a semejante huracán financiero.

En sus albores, el grupo debe su existencia a una iniciativa lanzada en 1999 por el entonces secretario del Tesoro Larry Summers y el primer ministro de Canadá, Paul Martin. Tanto Summers como Martin pasaron este año por Buenos Aires y dieron sus impresiones al respecto. La visión por entonces de los funcionarios fue recrear un foro para la gobernanza global que fuera más representativa que las instituciones de Bretton Woods (FMI y el Banco Mundial), pero no tan ‘pesadas’ como las Naciones Unidas. Decidieron que 20 miembros sería una buena cifra.

Un asistente de Summers, Tim Geithner, comenzó a confeccionar aquella la lista. PBI, población y comercio mundial fueron las primeras variables tenidas en cuenta. Alemania también participó de aquella cocina. Así encontraron que Canadá ‘entraba’, España ‘salía’, Sudáfrica ‘ingresaba’, Nigeria, Egipto ‘afuera’, Argentina, ‘adentro’, cuenta Geithner en un reciente libro suyo. Geithner sería más tarde uno de los negociadores por parte de EE.UU. para el blindaje que Argentina obtuvo en 2000 y, luego, el secretario de Tesoro de Obama.

Entre 1999 y 2008, el G-20 funcionó exclusivamente como un foro de expertos técnicos: ministros de Economía y presidentes de bancos centrales. Martin impulsaba que el G20 reuniera una vez al año a los presidentes del bloque y no sólo a sus técnicos.

Con Lehman Brothers el panorama cambiaría. Y casi por completo. Nicolas Sarkozy, en la Asamblea de la ONU de 2008, propuso expandir el G7 a un G13 o G14. Gran Bretaña al G20. Esto que proponían Downing Street y Canadá fue apoyado por Australia y Argentina. George Bush se resistió. Washington prefería lidiar bilateralmente con China y un conjunto de países como el G7. Pero el colapso mostró ser mayor al esperado. Más de 9 millones de familias perdieron sus hogares en EE.UU. Los 104 países de la OMC registraron caídas en las importaciones y exportaciones entre el segundo semestre de 2008 y la primera mitad de 2009. En el segundo semestre de 2008 el barril cayó más de 76%. El PBI de 52 países se contrajo en el segundo trimestre de 2009.

Bush buscó evitar una asamblea global sobre este tema que terminara poniendo en tela de juicio su administración, a punto de finalizar. EE.UU. aceptó finalmente un formato de cumbre en el que el FMI ejerciera algún tipo de rol -EE.UU. cuenta con poder de veto- y si el encuentro era en Washington. Bush dio el okay.

El 15 de noviembre ocurrió el cónclave. Aquella primera reunión no resultó demasiado auspiciosa. El tiempo resultó breve. Cada miembro tuvo quince minutos para hablar y las exposiciones resultaron desparejas. Los alemanes, australianos y canadienses fueron al punto. Nicolas Sarkozy enfatizó en volver a poner en marcha la Ronda de Doha mientras defendía las demandas proteccionistas de sus productores agrícolas. Brasil y la Argentina (Cristina Kirchner) hicieron hincapié en críticas a Bush y países desarrollados que habían gatillado la crisis (ver El discurso…).

Otro encuentro. Ministros de Finanzas y gobernadores de los bancos nacionales del G20 posan para una foto de familia durante la Asamblea Anual en Bali (EFE).

El primer documento del G-20 habló sobre la necesidad de mantener el librecomercio. Pero no se vislumbraba un acuerdo como el que se sellaría seis meses más tarde en Londres para implementar políticas fiscales expansivas y dotar al FMI de una artillería pesada (el G-20 resolvió elevar el aporte de sus países miembros). La administración Bush había recibido un golpe de knockout por parte de Wall Street y ahora era criticada por sus bases porque había ayudado a los bancos. Pero luego vendría Obama. Y otra sería la historia. Una en la que las políticas de estímulo sacaron a flote a la economía global.-

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