Tito Vázquez, ese protagonista del tenis argentino que publica un libro con mucho de autobiografía

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Medio siglo atrás, durante la era Pre-Vilas, Modesto Vázquez asomó como una de las mayores promesas del tenis nacional. Con apenas 15 años había ganado los títulos de todas las categorías promocionales, sus primeras incursiones internacionales también eran promisorias y recibió una beca para estudiar y competir en una de las más codiciadas universidades de Estados Unidos. La carrera de Tito se fue diluyendo apenas cruzó al campo profesional y sólo queda en los registros, o en los recuerdos de algunos fans del tenis de la época.

Mucho más conocido es su rol de entrenador y su desempeño en dos períodos –muy diferentes en cuanto a potencial- al frente del equipo nacional de la Copa Davis.

Al borde de los 70 años, y plenamente activo, Tito aparece por estos días en un rol que tenía reservado, pero que de cualquier modo no sorprende: el de novelista.

“¿Escribir? Lo hice toda la vida. Lo que pasa es que sólo había publicado algunos poemas. Ahora me tomé tres años para publicar”, cuenta. ¿Ficción o un modo de abordar aquellos recuerdos?. “Creo que eso es cuestión de ustedes, de quienes lo lean. Tal vez haya un 20 ó 30 por ciento de ficción, el porcentaje no lo fijo yo, apunta. “Toda la vida escribí. Era una forma de competir contra la soledad de los viajes. Debo tener casi cien cuadernos escritos, con frases, poemas y hasta dibujos. Yo recibí la beca para estudiar Economía en la universidad, en California. Pero al final, terminé haciendo Literatura, que me gustaba más”. Entre la extensa colección que decora su casa aparece el diploma de egresado en la Universidad de California, en Los Angeles, firmado por el entonces gobernador, Ronald Reagan… Ganar ¿qué es ganar?. Es una inquietud recurrente a lo largo de estas páginas. Tito Vázquez parece haber escapado a la motivación de un tenista profesional y a la distancia, los textos de la novela sugieren una especie de justificación. O saldar cuentas pendientes. Aquella promesa de talento juvenil que no se concretó y que, en cambio, eligió otro destino, gozar la vida en otros rumbos.

“Cuando me convertí en profesional, uno de los grandes entrenadores me preguntó cuál era mi ambición. Le respondí: estar entre los 20 primeros del mundo. Entonces me dijo: te quedarás en el puesto 100, debías proponerte estar entre los mejores. Tenía razón”, es una de las explicaciones del “tenista” de la novela. ¿O del propio Tito Vázquez?

Su documento indica que nació el primer día de 1949 en Rabal, una aldea de Orense, en la Galicia profunda. (En realidad, nació ocho días antes, tal como lo precisan Puppo/Andersen en su excepcional enciclopedia del Tenis Argentino, pero fue registrado un 1° de enero). Era la España franquista, hundida en las miserias y represión, luego de la Guerra Civil. “Tenía apenas tres años cuando mis padres se vinieron a la Argentina, con lo puesto”, describe. La novela de Tito aporta recuerdos de aquella infancia, el barrio de Palermo Viejo al que ahora ha regresado y cómo el tenis llegó casi por casualidad, cuando su padre consiguió trabajo en las canchas de clubes tradicionales, el Olivos y el Argentino. Carlos Lynch descubrió el talento de Tito Vázquez para el juego y después de aquellos triunfos, llegó la oferta para estudiar y entrenar en Estados Unidos. Dentro del competitivo marco del tenis universitario, aquel equipo de la UCLA hizo historia: junto a Tito estaban el paquistaní Hamid Rashun, Jeff Borowiack y un tal Jimmy Connors.

En aquella época, cuando el tenis explotaba hacia el superprofesionalismo, Tito Vázquez disfrutó de triunfos sobre jugadores que luego se acercaron a la cúspide: Gerulaitis, Gottfried, Panatta, Stockton, Gene Mayer, Higueras y varios más. Podía recibir los consejos de leyendas como Pancho Segura y, a la vez, enfrentar en los torneos a otras leyendas como Rod Laver. Hasta un jovencísimo Vilas sucumbió ante Vázquez en una recordada final en el Tenis Club Argentino (6-3 en el quinto set) en la primavera del 70.

“En la Universidad tenía una estructura de preparación, pero cuando terminé, debí salir y arreglarme solo, ya no era lo mismo. Además, quería vivir otras cosas, entré en la bohemia. No tenía la mentalidad de un jugador top”, reconoce.

Parte de esas “otras cosas” era el ambiente californiano de fines de los 60 y su eje en los campus universitarios: la explosión del rock, las marchas por los derechos civiles. Era el ambiente de la Guerra de Vietnam y los desafíos del Poder Negro, los crímenes de Martin Luther King y Bob Kennedy, Woodstock. “Vivíamos todo eso, venían a darnos clases personajes como Castaneda o Angela Davis”, cuenta.

El libro –del “otro” Vázquez- llega aún más allá. Un tenista que sale de la Universidad para hacer realidad uno de los tantos lemas juveniles de aquel tiempo: drogas, sexo, rock and roll.

“El ombligo del pulpo”, la novela, se convierte entonces en la lucha íntima, psicológica, de un jugador entre los requerimientos profesionales y la aventura. Desfilan el ácido y la ironía, el arte en París y la vida plena en Hawaii, los recorridos por el arte renacentista en Italia y la búsqueda zen en un rincón japonés, las chicas liberales en Pacific Paradise y las fiestas interminables en Marbella, la movida madrileña tras la muerte del dictador y las boites de Nueva York, algún proyecto absurdo en las montañas de Colombia y un romance en un idílico paisaje suizo. Un día, un templo, al otro día, un burdel. Un día, el rigor físico del entrenamiento, al otro día, la marihuana. Un día, la rutina del circuito tenístico y al otro, el vértigo de las fiestas. Desfilan millonarios y mendigos, marchands y oficinistas. También hay alusiones al oscuro Buenos Aires del 76, en uno de sus regresos de gira. Poco a poco, a medida que esa contradicción lo va consumiendo, “el tenista” también contempla la irrupción al estrellato de los tres nombres que marcarían los rumbos de esa época: su ex compañero Connors, su conocido Vilas y Björn Borg. Pero los nombres que le influyeron, en cuanto a su experiencia de vida, fueron otros. Principalmente, el danés Torben Ulrich, un excéntrico y veterano jugador, padre del conocido músico de Metállica, y el brasileño Thomas Koch. Ellos lo acercaron a las lecturas de Krishnamurti y Steinbeck, a las enseñanzas budistas y sufíes, a la música y la poesía de Dylan. Otro personaje: Arthur Ashe. “Con él perdí la final del Campeonato de la República en 1966, pero fue uno de los que mejores consejos me dio para mis estudios y para orientarme en el tenis”, agrega.

Tito Vázquez aún se dio tiempo de compartir una divertida experiencia de dobles con el propio Vilas –ganaron el torneo de Hilversum del 75, luciendo la camiseta de River- pero el retiro se avecinaba. No había futuro. “De pronto, apareció la sombra de Roland Garros. La autopista Barcelona-París se convirtió en mi psicólogo. Comencé a cuestionar mi vida, indagar las dudas de mi interpretación. ¿Por qué iba de un lado a otro detrás de una aventura? ¿Por qué no disfrutaba?”, escribe en la novela. Y concluyó: “No quiero jugar más, asumí en voz alta. Mi voz interior me sorprendió por su firmeza, la decisión se manifestó en palabras. Sentí una dicha desconocida, una libertad naciente, una emoción vacía, plena diferente (….) El tenis había sido mi argumento, el tiempo mi enemigo. Si el tiempo deja de existir, el enemigo desaparece”.

La novela abarca sólo el período del “jugador”, sin alusión al Tito Vázquez más conocido, posteriormente. El que desarrolló una disciplina opuesta como “coach”, alcanzando allí su máximo logro en la conducción del paraguayo Víctor Pecci (5° del mundo en 1979 y finalista de Roland Garros) y, mucho después, al frente del Centro de Desarrollo del tenis británico, cuando surgió una generación con Andy Murray como máximo exponente. Entre sus conocimientos táctico-técnicos y una personalidad fuerte, a Tito no le faltaron choques cuando le tocó liderar los equipos nacionales de la Davis. En su segundo período, Argentina llegó a la recordada final en Sevilla y de esos años –aún frescos- le queda su admiración personal por Juan Martín Del Potro. Le escribió después de alguna de esas dolorosas operaciones: “Quiero que sepas que el corazón y la pasión son más fuertes, que deseamos que recuperes y vuelvas. Por vos, porque lo merecés, por el tenis y tu persona”.

Las ganas de escribir estaban latentes, ya lo hizo con algunos libros de poemas, inclusive uno de ellos fue musicalizado por Spinetta en su época de Jade, a mediados de los 80. Pero ahora se animó a más a una ¿autobiografía? novelada. El Tito Vázquez de estos días admite que, al fin y al cabo, “soy consciente de que tuve suerte. Y sobre todo, soy un agradecido con el tenis, me permitió conocer gente fascinante y casi todo el mundo. Y así lo siento, más allá de las miserias propias que puede tener un ambiente”.

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