Filarmónica de Dresden: el final como punto de partida

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La Filarmónica de Dresden se presentó en el Colón para la temporada del Mozarteum con un programa fuera de lo habitual, ya que incluyó un estreno local de Oscar Strasnoy, uno de los grandes autores argentinos de la escena actual: The End (2006), el cuarto número de una serie orquestal llamada Sum. Afortunadamente las orquestas alemanas nos dan a conocer las obras de los buenos compositores argentinos. Aunque en verdad Strasnoy no es más argentino que europeo; nació y tuvo su primera formación en Buenos Aires; se graduó en el Conservatorio de París y está radicado desde hace varios años en Berlín. Como cualquier reconocido músico europeo, vive exclusivamente de la composición, esto es, de los encargos.

Como su nombre lo sugiere, The End es en cierta forma una meditación sobre los finales, aunque tenga por momentos (sobre todo al comienzo) el aspecto de una broma. Porque su punto de partida conserva en verdad algo de cómico: es el final de la Sinfonía N° 8 de Beethoven, con esos acordes de dominante y tónica que se repiten una y otra vez exactamente iguales, como una curiosa obcecación (los grandes enigmas de Beethoven suelen ir a buscarse a sus últimas sonatas y cuartetos, aunque el final de la Octava no es menos enigmático en su testaruda afirmación).

La obra de Strasnoy empieza donde termina la sinfonía de Beethoven, como si tomara sólo una muestra de medio compás. Y en torno de ese medio compás, sometido a distintos procedimientos rítmicos y filtros instrumentales y armónicos, parece desarrollarse la totalidad de The End. El material crece, lógicamente, aunque por momentos da la sensación de que creciera para adentro, más como una subdivisión que como una multiplicación; la broma se disipa, la forma cambia, incluso hay algo bastante parecido a un movimiento lento central, con pequeñas inflexiones melódicas y un microscópico lirismo. Lo que parecía una broma se transforma en una obra de rara belleza.

Por un tipo de humor que termina transformado en otra cosa, por una afectuosa ironía, por ciertas exploraciones retóricas (la retórica de los finales, en este caso), por todo esto podría pensarse en Strasnoy como un heredero de otro gran músico argentino-europeo, Mauricio Kagel, pero un heredero completamente autónomo y con lenguaje propio.

The End abrió el programa en una impecable realización bajo la batuta de Michael Sanderling, para seguir con una obra maestra del repertorio clásico: el Concierto para piano en re menor K. 466 de Mozart, que el solista Herbert Schuch interpretó impecablemente, con bellísimo sonido, en una expresión intensa y a la vez reservada, además de dos cadencias deslumbrantes. La Orquesta lo acompañó admirablemente, y el gran solista retribuyó las ovaciones del público con una pequeña joya virtuosista: La Campanella de Franz Liszt.

El programa se completó con la monumental Tercera Sinfonía de Anton Bruckner; una obra extensa, difícil, que no cautiva de inmediato como la Cuarta, pero que Sanderling consiguió transmitir con gran fluidez, riqueza de detalles, una sabia administración de la dinámica y un admirable sentido del relato. Después de esa gran sinfonía parecía que no podía escucharse nada más, que no habría bises, pero el director alemán dio un vuelco meridional inesperado, y en un oportuno giro al alto romanticismo italiano ofreció un inolvidable Intermezzo de Cavalleria Rusticana de Mascagni. 

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